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Archive for 10 agosto 2009

Yunia Palacio habla al mundo

Categorías:Crónica social

EL GRITO DE AUXILIO QUE NADIE ESCUCHA

Yunia Palacio Sánchez es una joven de 29 años de edad. Aunque su rostro denota juventud, aparenta tener mucha más edad. Llegó a mí buscando asesoramiento legal, el padre de sus tres hijos le dio un plazo hasta el 6 de julio para abandonar la vivienda. Ella no tiene a donde ir. Su domicilio y lugar de procedencia están en Santiago de Cuba.

No obstante, desde hace 12 años vive en la Capital. Recibe la cuota de los productos alimenticios básicos que subvenciona el Estado, por la localidad donde reside y la que siente su hogar. Con la Revolución Energética, y por ser un caso social, le dieron equipos electrodomésticos: un refrigerador, la cocina eléctrica, la olla de presión “Reina”, un calentador.

“Tengo un televisor Caribe que no me han cambiado, porque en una casa no pueden haber dos, y el padre de mis hijos cambió uno”, me cuenta, como para probar que todos sus cosas las tiene aquí y no en el oriente cubano.

Su caso esta en conocimiento de los trabajadores sociales, la Federación de mujeres cubanas, organización a la que solicitó ayuda por los maltratos físicos y psicológicos que sufre por parte del padre sus hijos. La Dirección Municipal de la Vivienda, la Comisión Provincial de Prevención y Atención Social de Arroyo Naranjo, el Gobierno de este municipio y las instituciones locales de salud, también están al tanto de sus tantos problemas.

Incluso, recibe prestación monetaria por asistencia social. Tiene una pensión de 175 pesos moneda nacional (MN). Pero eso, solamente no resuelve su caso. Su problema de vivienda es grave. Vive hacinada en una casita, si así se le puede llamar. Un cuarto de cuatro metros de ancho por cuatro de largo, sin baño y piso de tierra. Las necesidades sanitarias las hacen en el monte o en javitas de nailon.

“No tenemos cama, los tres niños y yo, dormimos en dos colchones de cuna, que en las noches pongo en el suelo”, argumenta. El padre de sus hijos rompió la cama para obligarla a abandonar el hogar.

“No me deja cocinar, me amenaza con quitarme la electricidad. Me saca los equipos que tengo para afuera, para que me valla, me golpea, incluso me amenazó con apuñalarme. Yo temo por mi vida y por la de mis hijos”, me confiesa entre lágrimas.

En busca de auxilio acudió al jefe de sector, autoridad policíaca de la localidad. Este respondió a su llamado, pero acompañado de un auto patrullero, la trabajadora social, y una inspectora de la oficina del registro de direcciones. La solución que encontraron fue imponerle una multa de 200 pesos MN, en virtud del decreto 217 de “Regulaciones Migratorias Internas para la Ciudad de La Habana”.

Yunia está desesperada y busca ayuda en cualquier parte. Nadie la escucha, parece que todos se han puesto de acuerdo para ignorarla. La respuesta que le dan las autoridades estatales son invariables “debe retornar con sus tres hijos menores para su origen de residencia, Santiago de Cuba”.

Yunia tampoco puede regresar a su lugar de origen. Su abuela, con quien convivía en Santiago de Cuba falleció. En la casa ahora vive su tío, un enfermo de esquizofrenia paranoide. El gobierno de Santiago de Cuba no se hace responsable por la seguridad de sus hijos, si regresa a convivir con un enfermo mental. Esa situación también la sabe la Comisión Provincial de Prevención y Atención Social de Arroyo Naranjo.

Yunia aun tiene esperanza que alguien la ayude. Sabe bien lo que quiere, necesita y puede aspirar. Se conforma con un cubículo de albergue donde vivir tranquila con sus tres hijos, y que las autoridades estatales, les permitan realizar el cambio de domicilio legal. Sin embargo, sus peticiones parecen ser un grito de auxilio perdido, que nadie escucha.

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LOS JUEGOS EN CUBA (III)

“En la sociedad cubana, la apuesta, es el trasfondo de cada juego: detrás del fanatismo por el béisbol, en las improvisadas y callejeras peleas de perro, gallo, pececitos, hasta de tomeguines del pinar”. Así opina un amigo ( tiene miedo publicar su nombre), que le apasiona, y asiste, a las carreras de caballo y auto de las anchas avenidas de la ciudad (Boyero, Autopista Nacional, la Ocho Vía, etc.) Según me cuenta, los patrulleros (policías) permiten y protegen esas competencias, por una considerable suma de dinero (de 50 a 100 pesos moneda libremente convertible, CUC).

Particularmente considero, que el juego con la apuesta, aparte de la diversión y emotividad que reportan, puede convertirse en un mal, que genera otros males sociales molestos. Por lo que necesariamente, un buen gobierno, debe tomar ciertas medidas, que contrarresten sus efectos negativos. En Cuba, la prohibición y sanción penal, no solucionó el problema.

La realización de juegos con apuesta, trae consigo afectaciones sensibles a las familias cubanas. Ha hecho tanto daño, como lo ha causado el alcoholismo. Ha provocado rupturas de matrimonios, incluso, jugadores empedernidos, no han soportado la presión psicológica y se han suicidado. Recuerdo el caso de “el Boli”, un joven de 25 años que residía en Mantilla. Un poblado del capitalino y periférico municipio Arroyo Naranjo. En los días finales del mes de febrero de 2008 se suicidó.

Su cuerpo apareció colgado bajo un tanque elevado de agua, 600 metros del puente del Calvario, barrio en el que resido y que pertenece, a la misma municipalidad. Debajo, en el suelo, dejó una cajetilla de cigarro y una cajita de ron “planchao”. En su pecho, un cartel con una nota que decía: “ASÍ TERMINAN LOS JUGADORES”.

El Boli no tenía problemas económicos. Su familia del norte, le enviaba una remesa mensual. No obstante dejó, viuda y embarazada, a su joven esposa. En una carta pidió perdón a su madre. Se especula acerca de los motivos reales, que le llevaron a quitarse voluntariamente la vida. Era un jugador sin cura, apostaba por placer y perdía todo su dinero. Algunos de los que lo conocían comentan, que debía alrededor de 12 mil dólares. Otros aseguran, que no debía nada. Todos coinciden en afirmar, que se suicidó, porque se consideró un jugador incorregible.

Era tanta su afición por el juego, que la tarde antes de morir, apostó su vida. Hizo una lista con todos los números, que en la charada, representaban la muerte. Jugó la lotería y perdió. Frustrado y sin expectativas, buscó la soledad. Se aisló del mundo y acabó con su existencia. A la mañana siguiente, apareció ahorcado. Sirva su vida, de ejemplo y advertencia, de las consecuencias del juego con apuesta para una sociedad. Sirva también, para llamar la atención acerca de otro fenómeno social adverso, común entre nuestros ciudadanos: el suicidio.

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LOS JUEGOS EN CUBA (II)

La ley cubana prohíbe los juegos, pero no dice cuales son los ilegales. El hecho, de que en la sociedad sea común incurrir en este tipo de conducta, muestra la tolerancia social por los juegos con apuestas. Algunos ciudadanos consideran, que es un mal, porque se pone en riesgo los escasos recursos, cuando hay tanta pobreza y necesidad. “El mejor dinero que se gana, es el que se suda”, opina Angelina, una Anciana de 78 años de edad.

Otros creen, que es una forma de distracción. Reconocen que su proliferación se debe a la falta de entretenimiento popular. Se recurre al juego como una diversión. “Con la apuesta se hace emotivo el momento, de paso se gana un dinerito”, así me comentó un jugador de mi barrio. Sin embargo, con la habitualidad y necesidad, llega el vicio.

“La gente juega porque no tiene nada que hacer, le apuestan hasta las chapa de los carros”, me comentó otro ciudadano que acostumbra a apostar. En la esquina de la calzada, se reúnen varios amigos. Lo que aparentemente es una conversación, en realidad es una apuesta. Cien pesos en moneda nacional (4 pesos en moneda libremente convertible, CUC), al que acierte en la cantidad de números pares o impares de la matrícula de un auto.

El juego con apuesta afecta a todos los sectores sociales de nuestra población: hombres mujeres, niños, adolescentes, etc. Los valores o mercancías apostadas varían en dependencia de los ingresos económicos individuales. Es difícil que un cubano no juegue, y más que no apueste. Cuando estudié en el preuniversitario, cada vez que jugábamos, nos apostábamos las tostadas y alimentos de reserva que traíamos de nuestras casas.

Los niños apuestan en los juegos con las bolas, en las peleas de pececitos y le dan el número de la lotería a mamá (la bolita en Cuba). La abuela gasta 5 o 10 pesos (moneda nacional) diarios siguiendo un número que le dio su santo, en un sueño. Las amas de casas reunidas, se entretienen apostando con el bingo.

Familias que convierten sus viviendas particulares, en casas de juegos. En el patio, mesas de billar y en la sala el burle. Los juegos son variados: longana (domino), silo (dados), tríos (cartas y naipes). Los propietarios cobran por el uso del local, y de paso, prestan servicios gastronómicos, negocio ilegal y fuente de ingresos monetarios.

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