Crónica social

El condenado

La historia del condenado ocurrió hace algún tiempo. No es la de un personaje de ficción, es un drama que emergió desde una cárcel cubana. Es probable que en estos momentos, sucesos como este se repitan, pero con otro protagonista.

William Vales García nació el 14 de diciembre de 1966. Con apenas 14 años de edad, fue internado en un centro de reeducación penal, por hacer carreras con caballos robados.

El tiempo que estuvo internado en minoría, en nada benefició su posterior conducta. La reeducación comunista que recibió allí, le dio el valor para hacer lo que antes no era capaz de realizar. Después de esto se convirtió en un recluso de por vida, y murió con tal condición.

Si leyeran sus antecedentes penales pensarían, y con razón, que fue un hombre sin escrúpulos ni sentimientos. La verdad, el sólo fue un resultado del sistema penitenciario cubano. Más que producto, Papito, como todos le decían, constituía un especial instrumento en mano de los mayores y principales asesinos de este país.

Es cierto que le arrebató la vida a más de una persona. El más grave de sus crímenes, fue asesinar a otro recluso delante de su familia, y de todos los presentes en la visita al centro penitenciario.

No obstante, el arma homicida llegó a él, de manos de uno de sus carceleros. Los mismos que lo encerraron primeramente, en una celda de castigo, por un pleito con su víctima y enemigo. Los guardias le aseguraron a William, tener información, de que este último, pretendía matarlo. Posteriormente, salió de su aislamiento, el mismo día y hora, que su contrincante.

García Vales fue un instrumento del delito de asesinato. Fue inducido y predeterminado psicológicamente a cometerlo. Los que le dieron el motivo, la forma y los medios para realizar el acto, son los autores intelectuales del crimen que cometió con sus manos.

Por este hecho lo declararon culpable directo. Lo catalogaron como terrorista y le exigían la pena de muerte. Desde ese momento, la reclusión de William comenzó a tener trascendencia política. El tribunal decide darle cadena perpetua. Su desaparición física ya era una necesidad.

La vida y existencia de Papito, constituían una prueba irrefutable y un testimonio vivo de las torturas, tratos crueles, inhumanos y degradantes, que sufren los reclusos en las cárceles cubanas, bajo el glorioso sistema socialista cubano.

En incontables ocasiones estuvo confinado a una celda de castigo (subterráneos, oscuros y húmedos que corrompen los huesos). Sitios donde no llega la luz del sol, ni las comisiones que atenden los derechos humanos de los reclusos cubanos.

En ese lugar, recibió golpizas. Fue esposado por los pies y colgado de cabeza. Estuvo días enteros alzado de las manos, en la pared, sin apoyo firme. Aislado de todo y de todos. Pensando en su odio y su venganza, únicos sentimientos que le enseñaron sus reeducadores comunistas.

Sus verdugos le inculcaron el rencor y el resentimiento. Luego lo utilizaron en el momento que querían y según sus intereses. Papito superó sus expectativas. Se convirtió en una especie de líder en los centros de reclusión que estuvo. Era respetado por los que lo conocían, no solo por su agresividad, sino también por su calidad como amigo.

Era temido por sus guardianes, tuvieran el rango que tuvieran. No tenía miedo enfrentarles y nunca le importó las consecuencias. En los juicios en su contra, no dejo de acusar a sus torturadores. Sin embargo, la historia no lo absolvió. No lo dejaban hablar, ni denunciar las corrupciones y abusos de sus carceleros.

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Dieciocho años de privación de libertad, toda una vida para William Vales García. Siendo un adolescente ingresó en los centros penitenciarios de Cuba, donde lo sorprendió la muerte. La insuficiente alimentación y atención médica, le jugaron una mala pasada.

Variedades de parásitos y un simple problema digestivo se convirtieron en un síndrome de mala absorción intestinal, con un cuadro diarreico sangrante. La exigencia de sus familiares, provocó su traslado del centro de reclusión kilo 8, en Camagüey, hacia el Combinado del Este, en Ciudad de la Habana.

Los directivos de este último lugar conocían y odiaban a Papito, principalmente Carlos Quintana García, más conocido por los reos como el caballo loco, y vicedirector del centro. Este no había podido olvidar el sabor a heces fecales, de la lata con excrementos humanos, que William años antes le lanzara por el rostro.

A Quintana no le interesó que William estuviera débil y cansado a su llegada al combinado. En esas condiciones lo encerró en una celda de castigo por 8 días. El caballo loco actuó inhumanamente siguiendo quizás sus instintos sádicos, o talvez cumpliendo órdenes de sus superiores jerárquicos.

Al cuadro diarreico de William se le sumó fiebre y convulsiones. La aparición de estos nuevos síntomas, obligaron a sus carceleros a ingresarlo en el Hospital Civil Miguel Enrique. En los ocho meses que estuvo ahí, no hubo un diagnóstico definitivo para su enfermedad. En ese lapso de tiempo fue trasladado un sin número de veces. Ante la más leve mejoría, regresaba al hospital de la prisión. Con cada recaída, retornaba al hospital civil, nuevamente grave.

Sus familiares reconocen que los médicos que lo atendieron no hicieron su mayor esfuerzo. Incluso, insinuaron que el reo se provocaba los síntomas para justificar su inacción. La despreocupación, la falta de recurso y equipos médicos disponibles en el Miguel Enrique, fue determinante para que la madre de William gestionara un turno en el Hospital Militar Naval.

En esa institución trabajaba la señora García, quien seguramente no vacilaría en realizarle una serie de exámenes que diagnosticaran su enfermedad. Sin embargo, el director del hospital de la prisión del Combinado del Este, Mariano Izquierdo, se negó a dar el conduce para trasladarlo al Hospital Militar. Era evidente la intención de dejarlo morir, pero ¿por qué?

Una futura recuperación de William significaba la posibilidad de que saliera bajo libertad condicional por problemas de salud. Su cuerpo constituía una evidencia física de las torturas que sufrió en prisión de manos de sus carceleros. Su testimonio reafirmaría las tantas violaciones de los derechos humanos, que tiene lugar en las prisiones cubanas.

El 14 de diciembre celebra junto a su familia su 34 aniversario. Se apreciaba en sus ojos el deseo de vivir y de luchar contra su enfermedad. Unos días después fue trasladado inexplicablemente al hospital de la prisión. A sus familiares se les negó toda información. Una llamada confidencial le advierte a su hermana, Katia Vales, que lo habían remitido al hospital militar Carlos. J. Finlay.

En el nuevo centro de atención, se niega el ingreso a sus familiares, quienes inconformes burlaron la seguridad del hospital y lo encuentran en terapia intensiva, custodiado por agentes de la policía política.
La dirección del hospital Carlos. J. Finlay se excusa, diciendo que habían recibido la información de que el reo era un preso político y en tal condición, no debían dar información sobre él.

Cierto es que el encierro de William había adquirido trascendencia política, aunque su familia y él no lo consideraran así. No por realizar acciones en contra del gobierno cubano, sino por lo que había vivido y sabia del sistema carcelario cubano.

No fue pura coincidencia que a los pocos días de su estancia allí se conociera el diagnóstico de su enfermedad. Una bacteria fulminante, alojada en su corazón, anunciaba su inminente muerte. El 9 de marzo de 2000, fallece William Vales. En los 15 meses que duró su agonía, estuvo constantemente vigilado. Días antes de su muerte le retiraron las esposas, que habían hecho zanjas en su cuerpo hinchado. Incluso en sus funerales, como para cerciorarse de que había muerto, estuvieron presentes sus guardianes, para insulto de sus dolientes.

A la familia de William no le queda la menor duda que fue asesinado, por los mismos que lo convirtieron en un instrumento de delito. No le perdonan al gobierno la crueldad con que lo hicieron sufrir sus últimos días. Ellos también sufrieron, cuando fueron ignorados por todas las instituciones donde presentaron sus quejas.

El tétrico panorama de las cárceles cubanas y la manipulación de sus represores, transformaron a William Vales García, de un pícaro adolescente, a un hombre violento e inclemente. Cometió delitos graves y cumplía sanción por ello. El hecho de ser un recluso no le quitaba su condición de ser humano. Sin embargo, el Estado socialista no lo trató como tal. Se deshizo de él de la forma más sutil, lenta y cruel que pueda imaginarse.

Su familia, principalmente su hermana Katia Vales García, no quiere dejar en el olvido todas las humillaciones, malos tratos e injusticia que sufrió Papito, los meses antes de su muerte.

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