LOS JUEGOS EN CUBA (I)

Es milenaria la pasión de los cubanos por los juegos con apuesta. Esta, forma parte de nuestra cultura e idiosincrasia. La tendencia a la diversión y el entretenimiento es una característica que nos distingue de otras sociedades. Sin embargo, la llegada del socialismo a Cuba, trajo consigo, la prohibición penal de los juegos. Supuestamente, estos eran un vicio heredado del capitalismo, con consecuencias negativas para los sectores sociales más pobres.

“Juegos Prohibidos”, así denominó el legislador a la figura delictiva, que se regula en el artículo 219 del Código Penal. Constituye un delito contra el orden público. ¿Cuáles son los juegos ilícitos? La norma no lo dice. Abstracción y generalidad que enturbia la interpretación de la misma. Situación que da pie a que se cometan arbitrariedades de todo tipo por parte de los poderes públicos. Queda al libre arbitrio de las autoridades, decidir cuáles son los juegos que no se pueden realizar.

Aunque cualquier persona puede ser destinatario de esta prohibición, en la vida, real hay sujetos que no se les aplica. En el municipio capitalino de Arroyo Naranjo, en la localidad de Managua, hay una finca rústica llamada “Alcona”. El lugar tiene vallas, donde no faltan las peleas de gallos y las apuestas. La gallería es legal, porque el dueño es el General Guillermo García.

Es como dice uno de los proverbio más populares de Cuba: “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”. En otras palabras, los que hicieron la ley, los que deciden que es lo bueno y lo malo para nosotros, son los únicos autorizados a no cumplirla.

No obstante, la población hace caso omiso a esta prohibición. La existencia de burles y silo, evidencian lo inútil de esta norma penal. Nunca se ha logrado, que la ciudadanía, acate espontáneamente el cumplimiento de la misma.

Memorias del transporte (II)


La administradora del cine “Yara”, el más popular del Vedado en la capital, continúo con el tema de que “a nadie le importa lo que le pase a otro”. La complicación estaba en que, la gente tenía bastante con sus problemas, para cargar encima con los de otros.

Me puso el ejemplo de su trabajo. Ella no puede hacer absolutamente nada para resolver las quejas de las mujeres, con respecto a los tiradores o pajusos (masturbador exhibicionista) que no las dejan ver las películas tranquilas.

Siente malestar por el momento desagradable por el que pasan, ella también es mujer, pero no puede hacer nada. Incluso, me cuenta que estos personajes son asiduos del sitio, los ve como desfilan cada vez que inicia una tanda de películas.

El Malecón, es uno de mis lugares preferidos en La Habana y también uno de los más emblemáticos de Cuba. La brisa con aroma a salitre, que allí se respira, me trae un sosiego increíble. Un día una señora llena de collares y vestida de blanco, que pasó por mi lado y me veía apasionada mirar el mar, me dijo que yo era hija de Yemayá, la diosa africana del mar. Lo cierto es que las mejores lecturas las he tenido sentada en ese muro. Sin embargo, he podido disfrutarlas por poco tiempo.

En la Cuba de hoy, es una imprudencia sentarse más de una hora sola en el muro del Malecón. Incluso, creo que es mucho tiempo, para que una mujer contemple el lugar, si no va acompañada de alguien del sexo masculino.

El cine “Yara”, no es el único lugar, en que los pervertidos sexuales acosan a las mujeres. El Malecón también se ha convertido en el sitio preferido de estos exhibicionistas. Las autoridades no hacen nada ni siquiera los notan. Ellos están del otro lado del muro escondidos, en plena luz del día y al aire libre, mientras los policías buscan, a quien ponerle una multa y cumplir el plan.

Memorias del transporte (I)

El pasado viernes, de regreso a casa, mientras esperaba en la parada del P-6 y P-8, conversé con la administradora del cine Yara, uno de los centros cinematográficos más importante de la capital.
La conversación se inició cuando una señora que también aguardaba por los ómnibus, con tremenda tristeza nos contó como le habían robado la cartera: “un tipo me empujaba y apretujaba, mientras la pala (la pareja) me llevaba la billetera”

“A nadie le importa lo que le pase a otro”, se quejaba; para después referirnos que el chofer, no quiso desviar la guagua hacia la estación de la policía. A partir de ahí, más personas se sumaron a la conversación, contando cada uno su experiencia con carterista.

Yo también conté una anécdota.

Mi experiencia sucedió hace aproximadamente cuatro años. Me dirigía hacia la universidad. Esperaba el camello (el M-6 ahora P-6) en la primera parada, no había inspector para ordenar la cola y se formó la molotera. Recuerdo que ese día, me quedé rezagada en lo último del bulto de gente, no tenía deseos de empujar ni que me entraran a golpe para coger un asiento.

Me quedé estupefacta y sin habla cuando vi, como uno de los mosquitos (inspectores de salud que registran las casa en busca de focos de Aedes aegypti), le metía la mano en el bolso a una anciana y registraba todo adentro. Cuando se dio cuenta que miraba embobecida lo que hacía, disimuló y se fue. Era la primera vez que veía como trabajaba un carterista. ¡Qué habilidad para no hacerse sentir! La señora nunca notó como exploraban su cartera.

La conversación continúo con el tema, de que “a nadie le importa lo que le pase a otro”. La administradora del cine “Yara”, también opinaba lo mismo y puso de ejemplo su caso.