Sobre la ley cubana

Recurso supremo

Laritza Diversent

Un impacto muy fuerte tuvo en La Habana la noticia de la muerte Orlando Zapata Tamayo.

Me enteré por varios SMS que llegaron a mi teléfono móvil. “Esto es un horror sin precedentes”, decían la blogueras Claudia Cadelo y Yoanis Sánchez: “¡Esto no se puede quedar así!”

Tengo bien claro lo que quiero ser en mi vida, y no pretendo ser heroína, ni ofrendarme por nadie ni nada. Me conformo con decir lo que pienso, sin importarme a quien le guste o le moleste.

Pero la muerte de Orlando me dio una nueva perspectiva, de lo que es ser cubano y de lo que significa la libertad.

He leído cientos de biografías de héroes en mi larga vida de estudiante, pero nunca había conocido a uno de mi época. He empezado a entender el significado de la palabra patriotismo. Antes, no sabía cómo interpretarlo.

Preferir la muerte antes que ceder en tus exigencias es digno de admirar. Respeto lo que hizo Orlando Zapata Tamayo porque yo no haría lo mismo. En mis planes de lucha no está inmolarme, pero si algún día decido recurrir a ese extremo de autoflagelación, tengan la seguridad que también llegaré hasta el final.

Quienes confiaron que Zapata Tamayo desistiría de su empeño, o pensaron que eran alarmistas las noticias sobre el deterioro de su salud debido a su prolongada huelga de hambre, y se mantuvieron indiferentes, han quedado manchados. Por no apreciar en su verdadera magnitud el valor y la dignidad de un hombre. Ni tampoco el de su madre y su familia.

Detrás de la indolencia e inamovilidad, lo que realmente existe es miedo. Ese terror que desde hace 51 años mantiene paralizado a todo un pueblo.

Más allá del pánico, ha quedado un ejemplo. Un camino.

¿Podrán impedir que otros prisioneros de conciencia, injustamente encerrados en las cientos de cárceles diseminadas por toda la isla, recurran al recurso supremo de la muerte para llegar a la libertad?

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