Un comentario en “En memoria de Orlando Zapata Tamayo

  1. Brenda Liz dijo:

    ¿Y qué? Ya ves que ni moverme puedo
    y aún puedo desafiar tu orgullo vano.
    ¡A mí no logras infundirme miedo
    con tus iras imbéciles, tirano!

    Soy joven, fuerte soy, soy inocente
    y ni el suplicio ni la lucha esquivo;
    me ha dado Dios un alma independiente,
    pecho viril y pensamiento altivo.

    Que tiemblen ante ti los que han nacido
    para vivir de infamia y servidumbre,
    los que nunca en su espíritu han sentido
    ningún rayo de luz que los alumbre;
    Los que al infame yugo acostumbrados
    cobardemente tu piedad imploran;
    los que no temen verse deshonrados
    porque hasta el nombre del honor ignoran.
    Yo llevo entre mi espíritu encendida
    la hermosa luz del entusiasmo ardiente;
    amo la libertad más que la vida
    y no nací para doblar la frente.

    Por eso estoy aquí do altivo y fuerte
    tu fallo espero con serena calma;
    porque si puedes decretar mi muerte,
    nunca podrás envilecerme el alma.

    ¡Hiere! Yo tengo en la prisión impía
    la honradez de mi nombre por consuelo.
    ¿Qué me importa no ver la luz del día
    si tengo en mi conciencia la del cielo?
    ¿Qué importa que entre muros y cerrojos
    la luz del sol, la libertad me vedes,
    si ven celeste claridad mis ojos,
    si hay algo en mí que encadenar no puedes?

    Sí, hay algo en mí más fuerte que tu yugo,
    algo que sabe despreciar tus iras
    y que no puedes sujetar, verdugo,
    al terror que a los débiles inspiras.

    ¡Hiere…! Bajo tu látigo implacable,
    débil acaso ante el dolor impío,
    podrá flaquear el cuerpo miserable,
    pero jamás el pensamiento mío.

    Más fuerte se alzará, más arrogante
    mostrará al golpe del dolor sus galas:
    el pensamiento es águila triunfante
    cuando sacude el huracán sus alas.

    Nada me importas tú, furia impotente,
    víctima del placer, señor de un día;
    si todos ante ti doblan la frente
    yo siento orgullo en levantar la mía.

    Y te apellidas liberal, ¡bandido!
    tú que a las fieras en crueldad igualas,
    tú que a la juventud has corrompido
    con tu aliento de víbora que exhalas.
    Tú que llevas veneno en las entrañas,
    que en medio de tus báquicos placeres,
    cobarde, ruin y criminal te ensañas
    en indefensos niños y mujeres.
    Tú que el crimen ensalzas y encarneces
    al hombre del hogar, al hombre honrado;
    tú, asesino, ladrón, tú que mil veces
    has merecido la horca por malvado.
    Tú ¡Liberal…! Mañana que a tu oído
    con imponente furia acusadora
    llegue la voz del pueblo escarnecido
    tronando en tu conciencia pecadora…

    Mañana que la patria se presente
    a reclamar sus muertas libertades
    y que la fama pregonera cuente
    al asombrado mundo tus maldades;
    al tiempo que maldiga tu memoria
    el mismo pueblo que hoy tus plantas lame,
    el dedo inexorable de la historia
    te marcará como a Nerón, ¡infame!

    Entonces de esos antros tenebrosos
    donde el honor y la inocencia gimen;
    donde velan siniestros y espantosos
    los inicuos esbirros de tu crimen;
    de esos antros sin luz y estremecidos
    por tantos ayes de amargura y duelo;
    donde se oye entre llantos y gemidos
    el trueno de la cólera del cielo,
    con aterrante voz, con prolongada
    voz, que estremezca tu infernal caverna
    se alzará cada víctima inmolada
    para lanzarte maldición eterna.

    En tanto, hiere déspota, arrebata
    la honra, la fe, la libertad, la vida;
    tu misión es matar: ¡sáciate, mata
    mata y báñate en sangre fratricida!
    mata, Caín, la sangre que derrames
    entre gemidos de dolor prolijos
    ¡oh! Infame, el mayor de los infames,
    irá a manchar la frente de tus hijos.
    Aquí tienes también la sangre mía,
    Sangre de un corazón joven y bravo,
    No quiero tu perdón me infamaría…
    Mártir prefiero ser, a ser esclavo.
    ¡Hiéreme a mí que te aborrezco, impío!
    a ti que con crueldades inhumanas
    mandaste a asesinar al padre mío
    sin respetar sus años, ni sus canas.

    Quiero que veas que tu furia arrostro
    y sin temblar que agonizar me veas,
    para lanzarte una escupida al rostro
    y decirte al morir: maldito seas.

    Ismael Cerna

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