Sobre la ley cubana

Mi primer mitin de repudio

[Foto: Orlando Luis Pardo]

Este viernes participamos, junto a las Damas de Blanco, en la caminata por la libertad de los presos políticos. Juan Juan Almeida, Claudia Cadelo, Yoanis Sánchez, Silvio Benítez, Ciro Javier y yo, esperamos pacientemente que llegara la caravana de mujeres, a la Iglesia Católica de la Virgen de la Caridad en el corazón de Centro Habana.

Vimos como llegaban las “masas enardecidas” desde sus centros de trabajo y se acumulaban en los alrededores del santuario, mientras, la Seguridad del Estado ocupaba sus posiciones. El ansia se apoderó del lugar e inundó el templo.

Consignas gubernamentales, entran desafiantes las mujeres vestidas de blanco. En una mano gladiolos, mientras con la otra, en alto, mostraban con el índice y el pulgar la L de libertad. En la entrada del oratorio, voces repetían: “bienvenidas a la casa de Dios”.

[Damas de Blanco en la Iglesia Católica de la Virgen de la Caridad, Centro Habana]

La misa estuvo preciosa. El cura rogó por todos: los hermanos muertos, los presentes y los de afuera. “Líbranos del mal”, pidió a nuestro señor Jesucristo. Tres veces repitió la frase, cada una con más énfasis. ¡Hermoso! Mis ojos no pudieron contener las lágrimas. También oré, pedí al señor la libertad para todos y que nos cuidara en aquel evento.

La salida de la iglesia fue horrible. Sentí terror. Aquella turba de gente gritando groserías como al ritmo de una conga. Mis ojos no se apartaban de los rostros que coreaban pidiendo libertad para los cinco “Héroes de la Revolución”. Estaban muertos de risa, parecía que estaban disfrutando de un carnaval.

Nos amarramos unos a otros con nuestros brazos. “El efecto calandraca”, decía Yoanis. A pesar de los intentos, no pudieron separarnos. Fue tan bello, nos cuidamos mutuamente. Ninguno estuvo solo ni por un segundo. Eso sí fue solidaridad.

El tráfico se detuvo. Al paso de la marcha, se veía los rostros curiosos de los transeúntes en las aceras y de espectadores en los balcones, autos y ómnibus del transporte público. Una que otra vez, consignas pobres y gastadas. Insultantes fueron las repetidas ofensas raciales contra las Damas de Blanco negras.

[Turba de miembros del Ministerio del Interior frente a la casa de Laura Pollán]

Agentes de la Seguridad del Estado, a los que más temíamos, hacían señas mientras intentaban hacer un cordón de “protección”. La televisión cubana impertinente, buscaba opiniones entre los participantes, que cuestionaran la actitud de aquellas mujeres.

Llegamos hasta la casa de Laura Pollán, afuera seguía el coreo de insultos y el despliegue policial. Lo logramos, ¡Dios escuchó nuestras suplicas! El regocijo inundó nuestros corazones. Una experiencia indescriptible e inolvidable.

Por primera vez en mi vida, fui testigo de un mitin de repudio y salí airosa, llena de orgullo y honor. No hay una sola palabra, que pueda resumir todo lo que sentí.

Laritza Diversent

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