Mi Isla

¿Detenida en el tiempo?

 

“La Habana, una ciudad detenida en el tiempo”. No me gusta la frase, porque no describe la realidad de la ciudad en que nací. Soy habanera en el sentido literal de la palabra. Conozco sus avenidas, parques y plazas, también sus intimidades. Las imágenes me dan tristeza: escombros, suciedad, mal olor. “Lo que fue y no es, es como si nunca hubiese sido”, un refrán que a menudo parafrasea mi abuela. ¿Cómo puede conservarse algo en decadencia?

La Habana de los años 50 no es la del 2010. El aroma de la calle Galiano, que invitaba a recorrer los comercios como una forma de ocio, desapareció. Hoy lo sustituye el hedor a orines. Los excrementos de perros, indigentes, pagadores de promesas, estafadores, cantinas, borracho y pedigüeños adornan sus portales. No puedo imaginarme como fue. La arquitectura barroca es la única que me aproxima a la idea. La majestuosidad que aún le queda, a las columnas agrietadas y llenas de hollín.

“Mi habana, mi vieja habana”. Los que vivimos en ella, somos los que estamos detenidos en el tiempo, mejor dicho, retrocedemos en el tiempo. La presencia de los autos de la década de los cincuenta, no representan el arraigo a tradiciones. Son solo muestras de la necesidad y el estancamiento.

Frecuentemente viajo en ellos. Intento evadir el ruido de sus motores adaptados y concentrarme en el paisaje que pasa, como un rollo de película en cámara rápida, por la ventanilla. El panorama es el mismo. Son tantas las veces que me he quedado mirándolo, que mi mente lo describe por inercia.

Ahora mismo cierro los ojos. Veo los pórticos con ancianos vendiendo periódicos, zapatos viejos y todo tipo de mercancías inservibles. Otros rebuscan en la basura la comida de sus cerdos. Niños apresurados cruzando la avenida. Un borrachín tirado en el suelo. Las paradas del transporte público, repletas de personas esperando con cara de resignación y cansancio. Bodegas y carnicerías vacías, a dos kilómetros, otra con una cola que dobla la esquina. Importante, no faltan los carteles a la orilla de la carretera en contra del bloqueo norteamericano.

Esa es la ciudad que conozco. La que vivió tiempos de esplendor y solo le queda la agonía de la destrucción.

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