Crónica social, Mi Isla, Permiso de entrada y salida

Hasta las últimas consecuencias

Otra muerte demuestra, que la vida no vale nada sin libertad. Adrian Leiva, un cubano residente en los Estados Unidos, fue enterrado en la Habana, este martes 6 de abril. Según las autoridades del Ministerio del Interior, murió asfixiado tras intentar regresar definitivamente a la Isla en una embarcación.

Dicen los últimos que vieron su cuerpo sin vida, que parecía estar profundamente dormido. La muerte le llegó en paz. No había nada de qué arrepentirse. Hizo todo lo que estaba a su alcance por su sueño: regresar a su patria, con o sin permiso. Derecho que desde hace casi 50 años, el “gobierno revolucionario” nos restringe. Sabía los riesgos: perder la vida, y los asumió.

Los mismos que corrió Orlando Zapata, tras mantenerse 86 días sin ingerir alimentos. Cada vez quedan menos recurso para alcanzar la meta: la libertad. Cada uno de ellos, nos acerca a la muerte. Si, es pesimismo, miedo, dolor ¿Cuántas vidas más necesitan sacrificarse, para que el gobierno cubano deje de sentirse dueño de nuestra existencia?

No soporto tanta insensibilidad, ni la intransigencia de unos pocos, que se arrogan el derecho de hablar por más de once millones de cubanos. Hablan de no ceder a presiones ni chantajes, pero extorsionan a su antojo a miles de hijos, padres, madres, que no olvidan lo que los une a esta tierra.

El Abandono definitivo y la salida sin retorno, odio esas palabras. ¿Con qué derecho impiden regresar a un cubano a su país de origen? ¿Cuál es la razón? ¿Quién responderá por los que han muerto en altamar, el gobierno norteamericano, el cubano? ¿Quién calma el dolor de una madre cuando pierde un hijo?

Se sabe muy poco o nada, de las circunstancias que rodearon la muerte de Leiva. Pero si pensamos en las muertes del remolcador el 13 de julio de 1994 y de los enfermos mentales del hospital siquiátrico Mazorra, podemos imaginar cómo murió.

En medio de esa incertidumbre, de ese silencio, se siente el miedo, de ellos y de nosotros. Los de la cima, desesperados, capaces de cualquier cosa para tratar de alargar los instantes finales de poder e impunidad. Nosotros, los que disentimos, consientes que nuestros cuerpos están enteramente a su merced, pero decididos a enfrentarlos hasta las últimas consecuencia.

Laritza Diversent

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