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La democracia de las quejas y lamentos

Tocan a la puerta, Rafael Gonzales abre, su rostro cambia completamente. La presidenta del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) acaba de entregarle una papeleta que anuncia el día, hora y lugar donde debe asistir a ejercer su derecho al voto.

Gonzales nació y se crió en el Calvario. Un pueblecito de más de tres siglos y medios de existencia, actualmente ubicado en el marginado municipio Arroyo Naranjo, en la capital Habanera. La localidad tiene su propia iglesia Católica, un cementerio y un policlínico. Sus inmuebles, al igual que su población, son predominantemente viejos.

Rafa, como lo llaman en el barrio, es vecino de la calle Amargura. Lo mismo que siente, cada vez que tiene que ir a las urnas. ¿Qué sentido tiene ir a votar, si no se le puede pedir “imposibles” al delegado?, comenta. Eso fue la petición de las autoridades del municipio a los electores, cuando comenzaron las asambleas de nominación de candidatos en las presentes elecciones.

Imposible es arreglar las vías destrozadas y el alumbrado público. Gonzales está cansado de plantear el problema en las asambleas de rendición de cuenta. Le afecta directamente, su cuadra está totalmente oscura. Se toma el acuerdo, pero en la próxima reunión resulta incumplido: “Hay que entender que el problema energético del país impide afrontar esa tarea”.

Absurdo es, que se estabilice el abasto de agua en la localidad o que un médico preste servicios de cuerpo de guardia nocturno en el policlínico del barrio. González debe trasladarse más de tres quilómetros a pie, por vías en penumbras (el transporte público de noche es prácticamente nulo) cada vez que su pequeño entra en crisis por asma. “En estos momentos no hay médico. Hay que esperar, si en las próximas graduaciones de galenos asignan uno a la localidad”.

Gonzales sabe que tiene que guardarse su decepción en un bolsillo. No tiene sentido ejercer su derecho al voto, pero tampoco le conviene faltar a las urnas. No está en condiciones de buscarse problemas con los factores del barrio: el presidente y el de vigilancia de los CDR y el secretario del Partido Comunista en la zona. Ahora menos, que están reduciendo plantillas en su centro de trabajo.

Rafa es jefe de un almacén estatal mayorista de alimentos. La dirección de la empresa desde hace aproximadamente un mes, está realizando investigaciones para amortizar plantillas laborales. No puede correr el riesgo de quedar disponible. Necesita ese empleo para resolver los alimentos de su familia. Una mala opinión de los factores, sobre su persona es suficiente para perderlo.

Bajo esas circunstancias, no importa el cansancio. Seguirá asistiendo a los trabajos voluntarios y a las asambleas de rendiciones de cuenta. Dentro de dos años y medio volverá a ejercer su derecho al voto. Para él, solo cambiara una cosa: no volverá quejarse y lamentarse por los imposibles.

Laritza Diversent

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