Descriminacion racial, Historias de cubanos, Sobre la ley cubana

CONFESIONES

De niña lloraba porque no quería ser negra. No tenia uso de razón cuando eso, pero mi madre me relata la anécdota, en que le pedía pintura blanca para pintarme. Según ella, era porque mi papá, cuando lo llamaban negro, decía que él, era claro.

En realidad su nombre es una sátira. Se llama Claro Diversent, pero su piel es como la noche oscura. Hoy tengo 29 años y un hijo de 10, que también tiene la tez negra. El también renegó su raza. Intenté entender y busqué razones. Cerré mis ojos y retrocedí en el tiempo, cuando estaba en tercer grado.

Recuerdo a la jefa del comedor de mi primaria, Zenaida, una señora mayor de aproximadamente 45 años, envuelta en carnes y de mi misma raza. En horario de almuerzo o si se topaba conmigo en el pasillo, me regañaba porque andaba un poco desgreñada.

Tenía el pelo encrespado. En el lenguaje popular, pasas espesas y abundantes. Me insistía, entre gritos, que las negras debían hacerme trencitas para permanecer peinadas. En realidad odiaba las trenzas. Me las ajustaban al cráneo y me estiraban la piel del rostro. Pasaba varios días con dolor de cabeza.

“¿Quién te peina? ¿Dónde está tu madre cuando sales para la escuela? Pareces un erizo”, me gritaba enfurecida Zenaida. Ella nunca supo que mi mamá madrugaba para trabajar, que mis hermanos mayores me arreglaban para ir al colegio, que desde los 8 años me peinaba y vestía sola.

Estuvimos dos semanas en Tarara, una villa recreativa en la playa. Un día, para darme un chapuzón, me solté el pelo sin pudor. Hasta ese entonces nadie se burlaba de mí. Zenaida se horrorizo cuando me vio entrar al comedor con aquel espendrú. Intentó agarrarme por la fuerza para peinarme. Reaccioné a la tremenda. Di una pataleta que nadie puede imaginarse.

Tal vez aquella señora quería ayudarme con mi porte y aspecto. Pero nunca me trato con amabilidad. Antes sus reproches, yo solo callaba. Sus palabras me herían. Llegaba al aula, bajaba la cabeza y comenzaba a llorar. Nunca le conté nada a mi madre. Me sentía culpable no se dé que. No quería que le dieran quejas e incomodarla.

Nunca antes había sentido vergüenza por mi pelo. Me gustaba soltarlo. Era tan gratificante frotarse el cráneo después de soltar los moños rígidos y librarme de la apretazón. Todo cambio después de los reproches de Zenaida. Mis compañeros de aula y hasta mis hermanos, comenzaron a llamarme ‘bola de pincho’.

Hoy mi realidad es diferente. Controlo mis pasas y cambio mi lux: me desrizo, me pelo, me hago el espendrú y también trencitas; pero sin dejar de ser yo, sin avergonzarme de lo que soy, una negra. Por eso hoy puedo hacer confesiones y ayudar a mi hijo a entenderse y darse valor a sí mismo.

Aprecio mi naturaleza, no obstante, reconozco que los estereotipos raciales hacen daño. El tipo de pelo es solo uno de ellos. Las hembras con trencitas, los varones pelados bajitos. Están vigentes aun en la sociedad. Significa que los negros seguirán renegando sus atributos físicos.

Laritza Diversent

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