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Vidas ignoradas

Foto: Rampa y Malecón, punto de reunión de gay en las noches habaneras, conocido popularmente por la Isla de los Galápagos

Julio y Alberto viven juntos desde hace más de 10 años. Se guardan fidelidad y prestan su concurso económico para sostener y mantener las cargas del hogar. Su caso no es ùnico el ambiente comunitario de la sociedad cubana. Tal vez sea la tolerancia o que los homosexuales como grupo social, se imponen haciendo valer sus derechos, pero el número de parejas gay, que hacen vida en común, aumenta.

Tal como exige el Código de Familia en su artículo 18, para reconocer los matrimonios no formalizados heterosexuales, en su relación, Julio y Alberto, mantienen un vínculo habitual con vocación de permanencia, dirigido a la convivencia y colaboración. Sin embargo, la misma norma legal los excluye, al reconocer exclusivamente “la unión matrimonial entre un hombre y una mujer”.

Hace seis meses y con apenas 42 años, Julio falleció repentinamente de un ataque cardiaco. La mayoría de los cubanos, no se preocupa por darle un destino a sus bienes después de su muerte. Su caudal hereditario fue procesado por la herencia intestada. La familia de Julio comenzó los trámites para hacer efectiva la herencia, en la que entraba lo bienes comunes que había adquirido el difunto, en su vida común con Alberto. Éste último, está molesto y con motivos suficientes. Los familiares de su pareja se oponían a la relación que ambos mantenía.

“No solo lo rechazaron, también lo excluyeron de la familia por ser homosexual, no es justo que ahora ellos, se queden con lo que ambos construimos juntos”, me comenta. Sin embargo, para Alberto no existe un supuesto legal, que le permita entrar en el llamado de la herencia. Ni tampoco un tribunal que defienda sus derechos.

La única forma, es que Julio hubiese testado a su favor. Incluso si la familia estuviese de acuerdo en dejarle todo, no habría forma legal, de que los bienes de su compañero de vida, pasen a su propiedad. La legislación cubana no reconoce los matrimonios entre homosexuales, una de las instituciones que da derecho a la herencia.

Tampoco los herederos reconocidos por la ley pueden renunciar a su favor. Primero, Alberto no está legitimado para entrar en el llamado de la herencia de Julio, al no existir relación de parentesco. Segundo, los parientes del fallecido solo se pueden renunciar a favor de los suyos, hasta el cuarto grado de consanguinidad y segundo de afinidad. Es una exigencia legal.

El caso de Alberto y Julio no sería el único que escapa a la desregularización jurídica y la desprotección de derechos individuales en la Isla. Para ilustrar al lector bastaría una pregunta ¿Bajo qué fundamento legal, dos homosexuales activarían el sistema de justicia, para dirimir una división de bienes, adquiridos en una vida en común, y no medie en ello, mutuo acuerdo? Ninguno.

El caso de Julio y Alberto conmueve a muchos, incluso al punto de parecer justo que se reconozca sus derechos hereditarios y que los tribunales diriman conflictos surgidos de este tipo de relación. Sin embargo, si pregunta directamente: ¿Está de acuerdo con matrimonio entre homosexuales? La respuesta, en la mayoría de los casos, es no.

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