Mi Isla

Engáñame que me gusta

Ne sé si todo, el que tuvo la oportunidad de escuchar o leer el discurso de Raúl Castro, le pasó lo mismo que a mí. Me quede atónita y un tanto confundida. No supe definir si realmente estaba ante un hombre reformista o simplemente era más de lo mismo. Tal vez fueron mis deseos por escuchar la palabra cambio.

En una primera lectura descubrí a un hombre que hablaba del futuro incluyendo a todos: “… proseguiremos,… haremos,… incrementaremos,… continuaremos…” y que confesó ser un luchador contra el secretismo estatal. Incluso, citó versículos de la Biblia “no darás falsos testimonios ni mentiras” y principios éticos de los Inca “no mentir, no robar, no ser holgazán”.

El Presidente del Consejo de Estado habló de la igualdad de todos ante la ley y la responsabilidad de aquellos que cometan “un delito en Cuba, con independencia del cargo que ocupe, sea quien sea”, tendría que “enfrentar las consecuencias de sus errores y el peso de la justicia”. Sin embargo, se siente con el derecho de corregir impunemente las faltas cometidas en cinco décadas de construcción del socialismo

El menor de los hermanos Castro, dijo que pondría fin a los incumplimientos y los sobregiros. El dirigente histórico no se conformará con justificaciones, imprecisiones y mentiras de los cuadros a cualquier nivel. “los compañeros que den información inexacta serán removidos definitivamente y hasta separado de las filas del Partido si milita en él”, afirmó

Como ejemplo puso la destitución de Jorge Luis Sierra Cruz, Yadira García Vera y Pedro Sáez Montejo, que ocuparon importantes responsabilidades en la dirección del Partido y del Gobierno, “por tomarse atribuciones que no le correspondían y que les condujeron a serios errores en la dirección”.

¿Me gustaría saber que estaba haciendo el también segundo secretario de Partido Comunista de Cuba, como máximo responsable del Estado y del Gobierno, cuando esos hechos ocurrieron? Tal vez, por ese motivo, no los puso a disposición de los tribunales de justicia.

El dirigente histórico reconoció la libertad de crítica como un derecho del que no se debe privar a nadie, pero que mantiene vigente la Ley 88/99, (Ley Mordaza) que penaliza severamente el ejercicio de libre expresión.

Hablo de la discusión abierta, debates sin ataduras a dogmas y esquemas inviables, sin excluir criterios divergentes, pero condicionadas a un escenario específico. Aceptará la diferencia de opiniones, siempre que se expresen “preferiblemente” en tiempo oportuno, forma correcta y lugar adecuado.

También reconoció que el Estado no se tiene que meter en las relaciones entre los particulares, pero decide que se compra y vende en la sociedad. Afirmó que el ejerció por cuenta propia los liberaría de realizar actividades relacionadas con la oferta de bienes y servicio a la población, pero no renunció al control sobre la misma. Incluso es el gobierno quien decide, qué y cómo debe trabajar este sector, y en qué forma y bajo que métodos de organización tendrán que funcionar.

A la par de reformista, el discurso de Raúl castro me pareció camaleónico y surrealista, para tratarse del contexto cubano. En una segunda lectura de sus palabras, mi confusión desapareció al igual que mis esperanzas por el cambio. A medida que avanzaba y profundizaba mi análisis, mi subconsciente no dejaba de repetir la frase proverbial “engáñame que me gusta”

Laritza Diversent

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