Mi Isla

Entre la culpa y el miedo

 Siguiendo de cerca los sucesos en Egipto, sentí envidia. El pueblo salió a la calle, gritó eufórico y demostró a los gobernantes en manos de quien realmente está el poder. ¡Cuánto quisiera que los ciudadanos de mi país interpretaran esa realidad! Sin embargo, y para mi pesar, presiento muy lejos el día, que algo así suceda en Cuba.

¿Por qué no hacemos lo mismo? ¿Qué nos impide salir a la calle y decir: “basta, nuestro camino es este”? ¿Porque no protestamos cuando aumentaron la edad de jubilación, recortaron los gastos sociales y continúan amortizando plantillas? Me pregunto.

¿Porque los trabajadores no se levantan en huelga, por los bajos salarios y la subida de los precios de los alimento, la gasolina y el servicio de la electricidad? Cualquiera de esos hechos provocaría una conmoción social en otro lugar del planeta. En Cuba no, aquí salen con pancarta y voz en cuello apoyando a la Revolución. Hasta parece que no pertenecemos a este mundo.

“A trabajar más, con menos” el lema que utilizan los dirigentes, que nos llaman vagos, mantenidos y pichones. Los mismos que pasean en autos modernos por la ciudad, gastando combustible a cuenta del presupuesto estatal, mientras pueblo trabajador, en ayuna, se mueve apretados y colgados en las puertas del transporte público, para evitar la ralla roja y la declaración de no idoneidad.

¿Por qué no exigimos justicia, en vez de comentar en los pasillos la corrupción de los cuadros del gobierno que impunemente se enriquezcan a nuestra costa o los que con sus errores y negligencias, provocan la muerte, por hambre, de incapacitados mentalmente?

¿Por qué callamos cuando los dirigentes nos sacan una lista de deficiencias, nos recriminen y nos exigen más sacrificio, cuando deben felicitarnos por trabajar prácticamente sin recursos? Demasiadas preguntas para una sola respuesta, que se debate entre la culpa y el miedo.

¿Quién no conoce la maquinaria omnipotente y omnipresente? ¿Quién siente la brisa y no inspira, aunque sepa que inhalar inadecuadamente constituye una contravención o una ilegalidad? ¿Quién no sabe que respirar es cuestión de supervivencia? ¿Quien busca voluntariamente la muerte por asfixia o estrangulamiento?

¿Quién no roba? ¿Quién no viola la ley? ¿Quién ignora el castigo ejemplarizante? ¿Quién no conoce el trabajo operativo secreto, y de lo que es capaz el vecino por salvar su propio pellejo? ¿Quién es capaz de defenderte, por encima de sus propios intereses? “El silencio de los corderos”, así debería llamarse la película que a diario protagonizan los cubanos.

A parte de la envidia, la determinación del pueblo egipcio me obligo a cuestionar la realidad de mi país; pero también a entenderla. Una islita rodeada de mar donde huir es más saludable que replicar. Un lugar donde se tienen culpas por obligación y también el deber de esconderlas, donde el miedo, padre de la resignación y el conformismo, inmoviliza.





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