Constitución cubana, Leyes en cuba, Noventas, Periodo especial, Remesas

Época traumática IV

Laritza Diversent

Para comienzos del nuevo siglo la crítica situación de principio de los noventas había variado sustancialmente. La entrada de las remesas del exterior fue determinante en ese cambio. La supuesta homogeneidad social, desapareció. No obstante, seguía vigente el periodo especial. Ahora mucho más sutil y cruel.

La moneda se devaluó y con ella el salario. Vivía holgadamente quien tuviera familia en el extranjero. Por supuesto ese no era mi caso. Mis estudios en la universidad, en esas condiciones, fueron aun más dolorosos. Tener mi hijo con apenas 19 años, exigió mucho más sacrificios y resignación por mi parte. Gracias a la ayuda de mi madre, pude continuar.

Nada fácil fue alcanzar, la meta que me había propuesto. Llegue al final de mi carrera porque tenía el sueño de ser una profesional y una mujer independiente. En esos cinco años, mis eternas amigas fueron la esperanza, la paciencia, y para la parte final, la frustración.

 Las diferencias económicas fueron las primeras que comenzaron a golpearme. Ocho de la mañana, las estudiantes de mi facultad estaban vestidas para ir a un cabaret. Era más que especulación. Era la lucha, la supervivencia y utilizar varias vías para conseguir un sueño.

Quizás el término “jineterismo universitario” aclare cualquier duda. La Universidad de la Habana, en el Vedado, era un lugar propicio para los proxenetas disfrazados de estudiantes.  Las condiciones estaban creadas: muchachas jóvenes, inteligentes y educadas, en un lugar centro de atracción para los extranjeros.

Por ahí comenzaron las decepciones. Imagínese a una futura jueza, fiscal o abogada prostituta; o a los futuros juristas de este país viviendo del meroliqueo. Sí, porque mi facultad también era un centro de venta. Lo que usted necesitara podría encontrarlo allí, desde naturaleza muerta  hasta ropa de marca y más.

Una hipocresía, después los dirigentes estudiantiles y nuestros profesores nos convocaban a ser el principal bastión en la lucha contra las ilegalidades. Esa era nuestra profesión, aplicar la ley, pero sin pensar en la justicia.

Mientras tanto, yo,  con mis pantalones de mezclilla desteñidos, zapatos remendados, apartada en una esquina para no llamar la atención. Tengo que reconocerlo, aquellos arrapos me daban vergüenza. Quería lucir como lo desearía cualquier mujer joven, sentirme bella, pero no tenía con qué. Sólo mis sueños me hicieron superara mis complejos.

Pero yo no era la única, había otras muchachas, en iguales o peores condiciones. Todas soñábamos que, después de graduadas, esa situación cambiaria. Sin embargo, a medida que avanzaba la carrera íbamos despertando de aquella fantasía. Para finales del quinto año ya estábamos convencidas, que seguiríamos siendo las muertas de hambre de antes. Ahora con la diferencia de tener un título universitario colgado en la pared.

Esa fue mi decepción y mis comienzos como disidente. Había seguido los consejos de mis padres: estudiar para ser alguien. Me sacrifique para lograrlo y después de todo, mi vida seguiría siendo igual. 

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